La rutina matutina de sor Consuelo Peset Laudeña no es la habitual para una abadesa. Antes del rezo y el desayuno inspecciona una a una las jaulas que alojan a 35 ejemplares de conejos gigantes españoles y sus crías, dentro del Convento de San Antonio de Padua.
A sus 54 años, Peset lidera el grupo de monjas franciscanas que ha asumido la misión de conservar el conejo gigante español, una raza en peligro de extinción.
La abadesa destaca que esta raza no es solo un patrimonio genético, sino también parte de la memoria histórica del país, porque durante la Guerra Civil Española y la posguerra, su crianza fue clave para alimentar a familias y orfanatos en tiempos de escasez.
“Muchas familias han salido adelante gracias a este animal y ahora parece que nos olvidamos de esa parte de nuestra historia”, declaró a Global Sisters Report.
“Tenemos que proteger la creación. Somos franciscanas”: sor Consuelo Peset Laudeña, abadesa de un convento de Toledo que salva al conejo gigante español
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Peset relata que en regiones como Valencia, Madrid y Asturias existían numerosas granjas con hasta 300 hembras reproductoras, lo que permitía abastecer de alimento a una gran cantidad de personas, especialmente a quienes quedaron huérfanos durante la guerra.
La raza, resultado del cruce entre el gigante de Flandes y hembras tipo pardo español, puede alcanzar entre 5 y 7 kilogramos [algunos ejemplares han llegado hasta los 9 kg] y presenta una alta capacidad reproductiva debido a que cada hembra puede tener de una hasta 22 crías al mes.
Maricarmen Pleite Orozco, voluntaria del convento, recuerda haber probado albóndigas elaboradas con esta carne y asegura que es blanca, jugosa y muy sabrosa.
Según datos de la Organización Interprofesional de la Carne de Conejo de Granja, la carne de conejo es magra, rica en proteínas y contiene altos niveles de fósforo, selenio, potasio y vitaminas; cualidades que ayudan a prevenir la obesidad infantil, la anemia en adolescentes, el colesterol alto y la gota.
La crianza de estos animales en el convento comenzó hace más de 30 años cuando los padres de Peset le regalaron una pareja de conejos para consumo propio. Sin embargo, hace una década, la iniciativa tomó un nuevo giro hacia la conservación, cuando descubrieron que la raza estaba en riesgo de desaparecer.
“Contactamos con una asociación, envié unas fotos y me dijeron: ‘Tienes un animal espectacular y está en peligro de extinción'”, recuerda.
Aunque en ese momento Peset no dirigía el convento, su comunidad aceptó participar en la recuperación, cría y estudio de la raza. Para ello, obtuvieron permisos de las autoridades locales e instalaron una pequeña granja, con una inversión inicial cercana a los 5000 euros (5770 dólares).
Desde entonces, el sistema de crianza cambió por completo. Ahora, cada ejemplar debe contar con un libro genealógico, un registro de alimentación y condiciones adecuadas de espacio y ventilación.
De las 11 monjas que integran la comunidad religiosa, tres se dedican al cuidado de la granja. Gracias a su formación como auxiliar de clínica veterinaria, Peset evalúa cada mañana el estado de salud de los animales y es capaz de detectar si uno está enfermo, incluso solo con el olor de la orina.
“Yo hago una revisión ocular. Me doy un paseo y veo qué animales están más decaídos o apagados; y si en los nidos ha muerto alguno, hay que retirarlo enseguida”, explica.
Por la tarde y la noche se realizan revisiones adicionales para asegurar que las conejas con crías tengan suficiente alimento y que los sistemas de agua no hayan sido rotos a mordiscos.
A diferencia de la crianza tradicional, la conservación exige condiciones más estrictas como espacios ventilados, jaulas adecuadas y control de temperatura. “El conejo empieza a sufrir a partir de los 26 grados; el frío lo soporta bien, pero el calor no”, señala la abadesa.
La limpieza también debe ser rigurosa y constante. Cada dos días realizan una limpieza general y, una vez por semana, desmontan y lavan a presión todas las jaulas. Cuando hay crías, el mantenimiento es diario. Las encargadas revisan los nidos, retiran los animales muertos y cambian el material, excepto el pelo que bota la madre, que sirve para mantener el calor.
En cuanto a la alimentación, las raciones de heno, cebada y maíz se calculan para mantener un peso adecuado. Las conejas con crías reciben un alimento especial y pueden comer en mayor cantidad. Hasta finales de marzo se registraron 90 crías.
Además, cuentan con un sistema de identificación para evitar la consanguinidad. Cada animal tiene un microchip con un número que permite rastrear su línea genética, información clave para el cruce controlado.
Limitaciones
A pesar del esfuerzo, el proyecto enfrenta una limitación importante: los conejos criados en el convento no pueden comercializarse, debido a que el permiso otorgado por las autoridades solo permite la crianza para el autoconsumo.
Para promover la conservación, fomentar el conocimiento y la crianza de esta raza, las religiosas han optado por donar ejemplares a escuelas, un parque temático de Toledo y a criadores particulares registrados.
Aunque la crianza en el convento ha sido autofinanciada solo con el trabajo de las monjas, el año pasado la diputación local brindó apoyo económico por primera vez para renovar las jaulas que se encontraban en mal estado.
Aun así, Peset considera que las autoridades podrían hacer más para preservar esta raza. Por ello, hace un llamado para que “se mojen un poquito más” y faciliten permisos que permitan dar una salida económica a esta actividad.
“Podrían ayudarnos a obtener permisos para hacer muchas cosas, porque si este animal no tiene una salida económica, la gente no se anima a criarlo”, afirma.
Como muchas comunidades religiosas, para suplir sus necesidades económicas, las hermanas también elaboran dulces y helados artesanales que venden en una tienda al lado del convento. La variedad de productos incluye las tradicionales toledanas, mazapanes, bombones, manchegos, yemas y corazones.
Aun con todas estas dificultades, la abadesa asegura que continuará con la labor de la preservación del conejo gigante español porque está en concordancia con el llamado del papa Francisco a cuidar la naturaleza, plasmado en su encíclica Laudato Si’ de 2015, que anima a los católicos y a las personas de buena voluntad a cuidar el medio ambiente.
“Tenemos que proteger la creación. Somos franciscanas. San Francisco es el patrono de los veterinarios, y de ahí nace este cariño y admiración que sentimos por el conejo gigante español”, manifiesta.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente en inglés el 23 de abril de 2026.
Source:
www.ncronline.org
